Elisa Lozano

“La explosión de las galaxias es violenta. Un cometa cayendo en Júpiter provocando siete grandes agujeros es violento. El nacimiento de un niño también es violento. Alguien que nos deja, incluso las muertes tranquilas resultan violentas a consecuencia de la pérdida de conciencia. La vida es violenta; la circulación de la sangre, los latidos del corazón todo es violento… Pero hay dos tipos de violencia: la creativa y la destructiva”

Alejandro Jodorowsky

A Eduardo Laborde

El 18 de septiembre de 1969 el diario capitalino El Heraldo publicó la entrevista realizada por Rubén Torres a un Alejandro Jodorowsky —pelón y sin cejas— quien anuncia el fin de rodaje de El Topo, su segundo largometraje. La historia de un pistolero que viaja por el desierto con su pequeño hijo y que vive una profunda transformación espiritual.

Una película complicada que requería de la experiencia de un buen director de fotografía como lo era Rafael Corkidi, con quien había filmado Fando y Lis.

En la secuencia inicial un jinete cabalga por el desierto, cubierto por una sombrilla, lo acompaña su hijo de siete años desnudo, se detienen, el hombre saca de su mochila un retrato y un oso de peluche y le dice: “Hoy cumples siete años, ya eres un hombre, entierra tu primer juguete y el retrato de tu madre”, por medio de una toma cenital vemos como el niño lo hace, mientras el padre entona con su flauta una sutil melodía.

La escena del padre y el hijo (en la ficción y en la realidad) cabalgando de nuevo por el de- sierto, bajo el intenso cielo azul, el aullar del viento y el retrato de la mujer cubierto de arena es, sin duda, una de las más hermosas y poéticas del cine nacional.

Mas esa sutileza visual cambiará pronto, cuando en el pueblo cercano encuentran una mujer empalada en lo alto y un enorme charco de sangre, y ésta por doquier: en el suelo, las paredes e incluso en la iglesia; todo el pueblo ha sido aniquilado (a excepción de un sobreviviente que implora la muerte y a quien el pequeño mata con el arma que le da su padre).

Asumiendo el papel de juez, el hombre buscará a los asesinos y cobrará venganza por su propia mano, a partir de ahí la cinta es una sucesión de situaciones e imágenes crudas e insólitas para el cine nacional del momento; la castración de un militar (grotescamente maquillado), un grupo de ancianas con deseos sexuales, violaciones, orgías, homosexuales, lésbicas, bisexuales, sadomasoquismo, masturbaciones y otras de absoluta crueldad; asesinatos de todo tipo, gente marcada con hierros al rojo vivo, la muerte de un niño por su propia mano al jugar “con Dios” a la ruleta rusa, etcétera.

Visiones dantescas y surrealistas, y un desfile de seres mutilados, se complementan con una variedad de animales —muertos, descarnados, desmembrados— presentes a lo largo de la obra.

El Topo, incitado por una mujer llamada Mara —que ha intercambiado por su hijo—, se enfrenta a los “Cuatro Maestros del Revólver”, a los que aniquila pero de los que aprende. Posteriormente deja a la mujer y emprende un nuevo viaje que lo llevará a un mundo subterráneo donde se relaciona con otra mujer y otro pueblo, donde a pesar de su cambio interno habrá de enfrentar la violencia, para finalmente inmolarse.

En la entrevista citada anteriormente, el director narra cómo acompañado de Rafael Corkidi recorrió buena parte del territorio nacional para elegir locaciones. Así, la historia se ubica en los espectaculares paisajes naturales de Huivulai, Torreón, San Luis Potosí, Prediceña, Monterrey y Pachuca.

En ese sentido destacan además de la secuencia inicial, la filmada en los prismas basálticos, donde el protagonista toca la flauta mientras su mujer toma uno de los pájaros; la de ambos haciendo el amor en el desierto y los cuerpos desnudos emergen de la arena, o la del personaje central —ahora convertido casi en un santo— filmada en el interior de unas asombrosas grutas.

Otros escenarios que llaman la atención son los silos cónicos de adobe (utilizados antiguamente para almacenar granos), adaptados como el refugio/vivienda del coronel, y cuyo interior el cinefotógrafo ilumina magistralmente.

La aparición de figuras emblemáticas del cine de oro como David Silva (el coronel), Agustín Isunza (el asceta) y Julián de Meriche (el sacerdote), así como de Alfonso Arau (fetichista) y Juan José Gurrola (Edipo), es otro atractivo del film.

Como es fácil deducir, el tema, la preparación y filmación durante seis semanas en locaciones y en condiciones poco aptas, resultaron tan agotadoras que Jodorowsky y Corkidi, regresaron extenuados y enfermos.

La cinta, calificada por la crítica como un western, y por su realizador como una obra “pánica”, fue exhibida en algunos círculos privados en Estados Unidos, hasta que la noche del 18 de diciembre de 1970 John Lennon y Yoko Ono dan a conocer El topo al mundo entero desde el Elgin Theatre de Nueva York. Presentación con la que inaugurarían las funciones de medianoche y el denominado —desde ese momento— “cine de culto”.

A pesar de las adversas críticas aparecidas en el diario The New York Times, la publicidad de boca a boca entre los espectadores corrió como pólvora, y El topo se exhibió ininterrumpidamente durante un año. Fue entonces cuando otros especialistas revaloraron los aciertos de la dupla Jodorowsky-Corkidi y elevaron el film a la categoría de master piece.

Precedida de esa fama, El topo se estrenó en la Ciudad de México el 17 de abril de 1971, en el cine Cine Regis, manteniéndose en cartelera durante veinte semanas. Ciertos sectores acusaron al director de incitar a la violencia al presentar imágenes tan explícitas y se escandalizaron por las escenas de alto contenido sexual. Por lo anterior, cuando el realizador recibió la invitación para concursar en la XXV edición del Festival de Cannes “las autoridades mexicanas negaron su apoyo a una película cargada de audacias eróticas y que podía ser vista como obra de judíos y blasfemos”.

Sin embargo, El topo “místico, sangriento, tierno, violento, sexual, milagroso, terrible, monstruoso y que contiene todas las religiones (como dice el trailer original) fue proyectado fuera de concurso, y una vez más acaparó la atención, ahora, a nivel internacional. Mientras que la Academia de Ciencias y Artes de México reconoció con el Ariel la extraordinaria fotografía de Rafael Corkidi.

Por su singular narrativa y estética, la película ha pasado a la historia como una de las más innovadoras y representativas de la contracultura de los años sesenta. Lo que nadie imaginó entonces es que apenas unas décadas después las apocalípticas (¿quizá premonitorias?) ficciones jodorowskyanas, criticadas por su crudeza, serían rebasadas por una realidad tan violenta como la que hoy tiñe de rojo y con sangre verdadera a este país.

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