Sombras que preceden a la luz. Incursión a un mundo íntimo. Momento de reto: hacer un alto, guardar silencio, observar la vida, estremecerse ante las pérdidas insustituibles, experimentar los cambios, soltar amarras. Visualizar un nuevo horizonte con coraje y valentía. Aproximarse del exterior al interior y propiciar el paso hacia una nueva etapa, con firme voluntad, es lo que Blanca Charolet nos propone en su exposición Umbral.

La muestra, abierta en el Salón de la Plástica Mexicana, reúne 15 imágenes de la fotógrafa, plenas de luz y sombras.

La autora se muestra, en esta serie, en un diálogo con las sombras y la luz. Luz que se prolonga de lo interno y materializa en imágenes que desentrañan enigmas y alivian tribulaciones en un marco de soledad, introspección y sueños, para descubrirse, maravillarse y recrearse en la luminiscencia. Entreteje encuadres, en actos creativos, al contactarse con la luz que introyecta y aparea con el espíritu.

Estas imágenes surgen en el tiempo y el espacio de un periodo reciente, en la trayectoria de 53 años de experiencia de Blanca Charolet en la fotografía. En esta serie exhibe la transición compleja y sensible de su manera de mirar, de su aproximación estética, sin traicionar lo esencial de su visualidad sólida, contribuye con formas novedosas para abordarlas.

Para Charolet, las fotografías tratan de capturar estados de indecisión, “en las primeras todo se ve claramente y conforme avanza se convierte en algo abstracto, como el pensamiento y sentimientos, para llegar al final a la libertad.

“Cada quien verá las imágenes en forma diferente, pero si nos dejamos llevar más por el sentimiento, algo nos va a recordar”, señaló, y dijo que la muestra la realizó con motivo de su 50 aniversario como fotógrafa, en 2017, la cual iba a inaugurarse el 19 de septiembre, día del temblor, por lo que quedó guardada y ahora se presenta en el marco del Día Internacional de la Mujer.

Añadió que la serie abraza imágenes que surgen en la embocadura de su asombro ante la belleza de lo inesperado, de la unificación de su interior con la materia visual que la incita a tomar la fotografía; “de vivir un vuelco de emoción y reflexión sobre límites y fronteras a las que me asomo, me detengo, enfrento y no siempre traspaso”.

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