Cuatro décadas de perseguir la foto, de cargar la cámara y aprender a mirar el mundo a través del lente, de aprehenderlo y convertirlo en imágenes… pero también son años dedicados a hacer trabajo de escritorio, editar y seleccionar los fragmentos de realidad que habían de convertirse en parte de la historia. De hacer libros y de divulgar la fotografía y el quehacer del oficio en el país. Por eso, Pablo Ortiz Monasterio recibirá la Medalla Bellas Artes 2019.

“Da gusto que se reconozca algo que ha sido principal en  mi vida. Que tus contemporáneos lo exalten. Yo creo que es por la cantidad de trabajo, por las horas dedicadas. Da gusto y también un poquito de vergüenza”, comenta el fotógrafo.

Para él,  la fotografía es un lenguaje, una manera de comunicarse con la que se pueden articular ideas en imágenes: “El arte de la edición es parecido a lo que hacemos en la fotografía, seleccionamos. Es decir: ‘Esto sí, esto no’. La fotografía es un arte de escoger”.

Actualmente, reflexiona, la revolución digital ha cambiado totalmente el oficio del fotógrafo, desde el pensar la foto hasta cómo circula. “Hace 40 años había 100 mil fotógrafos que diario hacían  foto en el mundo. ¿Hoy cuántos hay?, ¡mil millones! Cualquiera que tenga un teléfono inteligente diario está tomando fotos. ¿Entonces qué nos queda a los que hacemos fotografía? ¡Trabajar más sin aspirar a otra cosa”.

Una constante en el trabajo artístico de Ortiz Monasterio es su promoción vigorosa de la fotografía y la cultura mexicana, centrándose en las expresiones cotidianas de las culturas indígenas, un modo particular de construir su discurso fotográfico a partir de cómo no sólo una imagen, sino un conjunto de imágenes, en un orden específico, producía sentido en la fotografía.

A partir de esta forma personal de ver la fotografía, Ortiz Monasterio no deja de reconocer la influencia de sus padres y de Josef Koudelka, fotógrafo autodidacta checo, en cuyos trabajos sobre teatro recupera la exaltación de gestos y expresiones intensas y las incorpora a la fotografía de grupos marginados.

Su vocación se determinó en la casa familiar, cuando sus padres planeaban proyecciones para mostrar las fotos que habían tomado en sus viajes: “Nos iban dando cuenta de cómo paseaban, de cómo eran otras culturas y ahí aprendimos, mis hermanos y yo, que finalmente la fotografía construía todo un mundo que estaba más allá de lo que se veía en una imagen particular. Fue ahí cuando me di cuenta de la potencia del discurso fotográfico y de cómo no sólo una imagen, sino el conjunto, en un orden específico, producía sentido”.

Su experiencia en el London College of Printing, Inglaterra, donde estudió fotografía y las herramientas aprendidas al estudiar economía en la UNAM, construyeron su visión política del mundo, de México y de la fotografía. Sirvieron, dice, “para darme cuenta de la realidad huichol, tarahumara, huave y de los mayas, porque no se trata únicamente de hacer buena foto, sino de utilizar un medio de representación para contar cosas”.

Ortiz Monasterio es un artista de imágenes y de libros, su gran pasión. De 1978 a la fecha ha dirigido tres proyectos editoriales: México indígena -siete libros-, Río de luz en el Fondo de Cultura Económica -20 títulos-, y Luna córnea -15 títulos- en el Centro de la Imagen en la Ciudad de México, del cual es fundador.

También es cofundador del Consejo Mexicano de Fotografía y en 1989 coordinó el proyecto 150 años de fotografía en México y en 1993 inició y coordinó el festival Fotoseptiembre, el cual a partir de entonces se realiza cada dos años y en 1980 recibió un premio de la Bienal de Fotografía.

Ha editado varios textos respecto a fotógrafos mexicanos, como la investigación sobre el archivo Casasola Mirada y memoria (2002), y Manuel Álvarez Bravo, Una tarde de 1989, publicado en 2012.

A partir de su trabajo fotográfico ha publicado 17 libros, entre los que destacan Los pueblos del viento, 1982 y Corazón de venado, 1992. En 1996 salió a luz La última ciudad, con un texto de José Emilio Pacheco por el que recibió el premio al Mejor libro fotográfico del Festival La primavera fotográfica de Barcelona, 1998; y el Ojo de oro del Festival des Trois Continets, 1997, Francia. Asimismo, la editorial española Mestizo le publicó Sexo y progreso en su colección Lo mínimo.

Desde el año 2000, en que se publicó Dolor y belleza, su producción editorial no ha cesado. Le siguieron en 2008 los libros Oda a Eiffel en colaboración con Riqui Parra, y Correspondencias, con apoyo de Marcelo Brodsky. En 2009 se editó L’Utima Città; al año siguiente, Montaña blanca con textos de Antonio Saborit, Margo Glantz y Alfonso Morales. En 2014 publicó Akadem Gorok 2 Tiempos, en colaboración con Carlos Rivera; en 2015, Desaparecen, y en 2018, Ocupación militar.

 

 

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