Por Ana Luisa Anza

Michoacán, México/ Acrópolis, Grecia. De la serie Este-Oeste © Lourdes Grobet

Allá vas, Lourdes, en tu lanchita frágil, en medio de la bruma que no esperabas, fingiendo que el mar es tu amigo y no esa poderosa fuerza que los hace tambalear —en lo físico, que no en el espíritu—, capitana de una aventura que comenzó con un sueño.

Pero el sueño de alguien más. Del de Yolanda Muñoz, a la que se le ocurrió decirte, así como al paso, que en su noche había cruzado el Estrecho de Bering mientras tú la retratabas.

No pudiste dejar atrás el comentario y te fuiste a seguir los pasos del tal Bering pero al revés, a atravesar los 60 kilómetros que separan Alaska de Siberia e intentar cruzar —me imagino en cámara lenta— esa línea del tiempo, una más de las fronteras imaginarias que hay que romper.

Pero llegaste a la Diómede Menor, la estadounidense, y avistaste desde su costa la otra isla, la Mayor, la rusa, a la que no pudiste ir porque una base militar ha creado otras barreras, de husos horarios, de países, de trámites y visas y burocracia. Pero desde allí viste la inmensidad.

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