Imagino a Christian Vizl flotando entre las olas. El abrazo del agua hace que sus pies no extrañen la seguridad de la orilla, por el contrario, seguramente está ansioso por sumergirse en ese reino de silencio que tanto le fascina y retratar la belleza de lo inescuchable.

En medio de la calma absoluta, el fotógrafo que se convirtió en buzo se adentra en las profundidades al ritmo de un compás marcado por la nada. La luz que atraviesa el océano dibuja un mundo salvaje que, dicen, ha sido menos estudiado que la luna misma.

El resultado de la aventura es magistral: las criaturas del mar fotografiadas como rara vez las podemos apreciar, en su hábitat, bajo un mundo etéreo del que los seres humanos sólo formamos parte a través de la contemplación.

Desde feroces tiburones hasta la danza de un par de delfines. La inmensidad de un banco de peces y la perfecta composición que surge del nado de decenas de mantarrayas… Focas que parecen mirarte y la silueta de una medusa que descansa en el contraste de una frontera marcada por la línea entre el cielo y la mar…

No estoy segura de que así haya sido la aventura de Christian. Este relato es producto de la fantasía en la que me envuelven las fotos que retrata en su libro Silent Kingdom, editado por Earth Aware.

A través de su predilección por la gama monocromática, cada toma sumerge al espectador en paisajes submarinos que se convierten en visiones suspendidas en el tiempo y el espacio.

Pero, además, la intención del fotógrafo al presentar su visión del mundo marino es también hacer un llamado a preservar uno de los ecosistemas más importantes para el mundo, y el cual está en riesgo debido a la huella ambiental que ha dejado el ser humano.

 

 

 

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