Ana Luisa Anza


Cuentan que durante el velorio

de la mamá de Jorge Luis Borges,

una mujer le dio el pésame al escritor

diciéndole que era una lástima

que doña Leonor

hubiera muerto a los 99 años,

cuando le faltaba tan poco

para llegar a los 100.

Borges le respondió:

Veo, señora, que es usted

devota del sistema decimal

Algo tiene el 100 que nos mueve en el interior un mecanismo de celebración. Es inevitable. Vemos pasar el 97, seguido del 98, el “ya casi” 99 y, en pleno conteo regresivo –aunque sea progresivo–, se dispara el afán de festejar.

¿Por qué no el 87? ¿O el 103? ¿O el 95? No. El número conmemorativo por excelencia parece ser el 100. No en balde este año celebraremos los 100 años de la Revolución Mexicana. Y dos veces 100, el Bicentenario de la Independencia.

Y es que alguna fijación tenemos con el 100.

Hablamos del 100 como si fuera una meta: contamos los 100 goles de un jugador de fútbol, analizamos los 100 primeros días de gobierno, hacemos listas de los 100 discos más vendidos o de las 100 mejores películas jamás vistas.

El cantante norteño Ramón Ayala tiene un álbum llamado “El número cien”, el recientemente fallecido Sandro de América cantaba “Mi lágrima número cien”, Los Panchos prometen que “si vivo cien años, cien años pienso en ti”, y Daniel Santos perdona las ofensas porque sabe lo que ella es:la mujer que en mi vida fue la número cien”.

Macondo vivió no un siglo, sino “Cien años de soledad”, Dante Alighieri dividió “La Divina Comedia” en exactamente 100 cantos y, según la leyenda, los chinos pidieron al Sultán 100 colores para probar que eran mejores pintores que los bizantinos.

La Babilonia del Imperio Persa tenía 100 puertas de bronce y en la época actual, al romper la barrera de los 100 pisos con dos más, el Empire State de Nueva York fue el edificio más alto del mundo durante más de 40 años. Y en el Distrito Federal tenemos la avenida de los Cien Metros…

Perdemos diariamente 100 cabellos, nuestras madres nos dicen “cien veces lo mismo”, tratamos de dar el 100 por ciento, y preferimos sacar un 100 de calificación.

No hay mal que dure cien años, ni enfermo que los aguante; sabemos que ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón, y que un peso vale más que cien consejos.

Según el Génesis, Abraham tenía ya 100 años cuando nació su hijo Isaac y, a David, el rey le exigió 100 prepucios de filisteos como dote por su hija.

El 100 nos asalta por todos lados. Es un número simbólico, mágico, celebratorio, de conteo, histórico, de medida, pero sobre todo, es un número que invita a la reflexión. Es un alto en el camino y un mirar atrás.

Por eso hoy, al publicarse el 100 de la revista Cuartoscuro, aprovechamos la pasión conmemorativa para recordar cómo en el ni tan lejano 1993 –con la primera portada de esa mujer que mira a la calle, cual soldadera moderna–, los más optimistas le auguraron de vida un máximo de tres números.

Los primeros meses, la elaboración de la revista fue, digamos, “casera”. Las fotografías impresas se colocaban en el piso de una sala para decidir la primera selección de las imágenes de un portafolio, y para que Fernando Rodríguez visualizara la posible edición y el diseño.

Varios anunciantes se solidarizaron con el proyecto y por fin, ya impresas, había que embolsar las revistas a mano: una por una de las cinco mil del tiraje inicial, en su respectivo plástico y con su etiqueta correspondiente para el franqueo postal.

En muchas ocasiones, Pedro Valtierra se encargó de llevarlas personalmente de tienda en tienda de fotografía e, incluso, a los más populares puestos de periódicos en esa zona del centro histórico de la Ciudad de México donde aún había varios negocios especializados para la industria. Hoy, sigue cargando con sus revistas en cada viaje.

Ganarse un lugar en el mundo de la fotografía era complicado.

Pero el entusiasmo por la imagen, la generosidad de tantos fotógrafos del país y la confianza de los anunciantes hizo que la revista creciera y fuera tomando un lugar. Sobre todo, se logró que se consolidara como una oportunidad para que tantos pudieran dar a conocer su trabajo, para que la imagen tuviera un espacio, para que la foto dominara las páginas de una publicación.

Han sido 100 números del privilegio de contar con imágenes que conmueven, que irritan, que provocan. Imágenes, todas, que dicen algo. Que hablan de algo. Que buscan algo.

Imágenes que rescatan nuestro pasado o que se convierten en el mismo. Documentales, de prensa, de moda, de publicidad, digitales o analógicas, manipuladas y no, premiadas o recién descubiertas, imágenes que impiden al tiempo que se vaya, que lo recuperan, que nos presentan un fragmento de la historia o un destello de la genialidad y la expresión de tantos mexicanos.

Hoy, la revista crece de dos a tres dígitos. Pero elige no sumarse a esa necesidad de enlistar las 100 mejores fotos –decide ni siquiera publicar ese número de obras– y, en su lugar, cede su espacio a algunas imágenes que son ya historia de su predecesora: la agencia Cuartoscuro.

Es una fiesta dedicada a la fotografía y a la memoria que ésta nos ofrece para no perderle la huella al pasado que tanto nos determina. Esas imágenes vivirán, esperamos, más de 100 años.

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