Ana Luisa Anza

Hablan un intrincado lenguaje de palabras inusuales. Manejan fórmulas de polvos, líquidos y gelatinas, y permanecen expectantes ante los resultados de un cambio de ¿gramos? ¿micras? ¿mililitros? en la receta original.

 Como alquimistas de siglos atrás, comandados por Carlos Segura y Sergio Mayorga, entran en el espacio oscuro lleno de botellas oscuras, rodeados de paredes oscuras. El olor se ha ido impregnando en los muros: los químicos que parecen brotar de la mezcla de ingredientes de droguería con otros tan aparentemente inocentes como la grenetina o el vinagre, dominan el aire.

 Mezclan, agregan, discuten, esperan. Añaden un sulfato, un nitrato o –¿por qué no? – un chorrito de vino tinto o de té de limón. Miden la temperatura y dejan cocer más. O sacan del calor mirando esperanzadamente el termómetro, deseando que tanto esfuerzo no se cuaje.

 Preparados los elementos necesarios para el proceso fotográfico, colocan su placa de vidrio en una cámara sin lente y permiten el paso de la luz. Hay que contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco… hasta completar el número exacto de segundos de exposición que logrará la magia.

 O bien, salen de la oscuridad para dejar que los rayos del sol “toquen” por el tiempo justo el negativo cuya imagen quedará plasmada en el papel, gracias a una emulsión creada a base de la recuperación de técnicas ancestrales, sí, pero también de la experimentación que día a día parece obsesionarlos.

 En ese rincón de la Fototeca de Zacatecas se plantó la semilla. Habían invitado al mayor exponente de procesos fotográficos antiguos en México, Carlos Jurado, a dar un taller. Era de construcción de cámaras estenopeicas, pero todo fue derivando a la atracción por las artes de la alquimia.

 Aprendieron de otros –como Waldemaro Concha, en Mérida, o Byron Brauchli, en Xalapa–, acudieron a encuentros nacionales de procesos antiguos y cayeron en el encanto. Pero, sobre todo, tuvieron la idea de que podían reunir en un solo lugar todas las técnicas y desarrollar las fórmulas a partir de otros ingredientes, de mezclas en distintas maneras.

 Una vez absorbida toda la bibliografía, realizaron su propia investigación y hoy, a pesar de ser la única fototeca o laboratorio del país en ofrecer talleres de casi todas las diversas técnicas antiguas, ya no pueden parar: siguen experimentando.

(…) En ese laboratorio, ubicado en el centro de la ciudad de Zacatecas, son más de cien personas quienes han pasado para aprender en uno de los más de 60 talleres que se han ofrecido en los últimos ocho años, incluyendo ahora un Diplomado en Procesos Antiguos.

 De esas paredes negras han surgido “gomas” coloridas, cianotipias que inundan de azul los espacios, colodiones que evocan otras épocas, heliograbados que parecen imágenes de siempre y que pueden tener apenas unos minutos de haber sido fijadas.

 Quienes pasaron por un laboratorio de fotografía análoga seguramente añoran –aunque parezca increíble– el aroma penetrante del dektol o los dedos amarillentos con que premiaban un buen tiempo en el fijador. Y, sin embargo, ese contacto con técnicas de los colegas de siglos atrás, sólo puede experimentarse manchándose las manos de negro con un colodión o midiendo en una balanza el gramaje exacto del bromuro de potasio.

 Quienes han incursionado en la fotografía sólo a partir de la era digital tendrían que acercarse a talleres que, como éstos, facilitan la comprensión de la luz, del hacer fotografía, de la magia no instantánea ni inmediata de ver aparecer la imagen.

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