LA SEMBRADORA DE PÁJAROS

Sección: portafolios

“La obsesión inconsciente que los fotógrafos tenemos es que a donde sea que vamos queremos
encontrar el tema que cargamos dentro”

Graciela Iturbide

Por Milena Solot

La ventana que asoma a la calle está tupida de semillas de un árbol cuyo nombre no recuerda Graciela pero que sirven para separarla del exterior sin bloquear la luz. Vistas de cerca parecen de Jacaranda: centro ovalado, tierno, rodeado por una lámina transparente, quebradiza. De lejos, en cambio, se transforman en constelaciones exactas que Graciela, semilla por semilla, pegó en la superficie vidriosa. Como un velo que la separa del mundo están las semillas del lugar de donde Graciela encontró el tema de tres de sus principales series fotográficas: Juchitán, los monumentales cactus retratados en el Jardín Botánico, y la serie de las cabritas.

Adentro un huipil hecho con sangre y pelo de la artista Paula Santiago monta guardia a un lado de la ventana. Más allá, en la cima de uno de los arcos que dan entrada a posibles habitaciones, está escrito en letra curva Mal de Ojo, título del próximo libro de retratos de la artista. Graciela toma asiento en una silla cómoda, ofrece café y sonríe, siempre sonríe, y al hacerlo mira como si buscara el enigma que rápidamente descifra en uno.

Horr, su perro bulldog francés, se acerca resoplando, jadeante. Horr de horroroso y lo es, de cierto modo, horroroso. Divinamente horroroso aquél perro demasiado amigable, casi torpe, que se acerca. Este podría ser el lugar en donde Graciela pasa, además de su estudio, la mayor parte de su día. Hay cierta calidez en el espacio y no es solo por las paredes tupidas de libros, o las pinturas obsequiadas por amigos o los tapetes de diversos tipos que cubren el suelo. Es aquí en donde Graciela recibe a sus amigos, en donde conversa pero también en donde lee. Es aquí en donde entra y sale gente que la saludan cariñosamente. Maestra, le dicen. Maestra Graciela. Aquí Graciela pasa mucho tiempo leyendo, y es que para la fotógrafa es importante leer de todo: desde la Biblia hasta Nezahualcóyotl; desde Cartier-Bresson hasta el controversial Pasolini.

Antes, cuando se preparó para fotografiar la serie de los seris, dedicó gran parte de su tiempo a leer sobre ellos. Se interesó en sus leyendas, en su poesía, en sus vidas. Iba a retratarlos y tenía que comprender algo. O por lo menos intentar comprender antes de retratarlos. No es que buscara comprenderlos para aprehenderlos, como un tema de estudio. Buscaba, más bien, encontrar el punto de partida, el quiebre, que la incitara a tomar la primer fotografía de la serie. Leyó sin afán de otorgar categorías. Leyó para absorber, como una planta, la luz. Después, en el campo, ya con la cámara y lista para trabajar, aquello aprehendido tomó forma y cobró sentido en sus fotografías.

Tanto las fotografías de los seris como la de las mujeres juchitecas fueron tomadas ante todo porque Graciela tenía curiosidad. A pesar de que las series fueron realizadas en un tiempo en donde, incluso más que ahora, lo indígena vivía al margen, subyugado, ignorado y tapizado por prejuicios de clase, Graciela no optó por la lectura política, o de clase. No quería, ni sentía ella, el derecho de reclamar nada. Ella no pretende salvar al mundo con la foto porque sabe que en la aparentemente noble intención de “salvar”; están subyugados los valores de clase, de color y de cultura. Graciela lo que deseó fue aprender sobre los rituales y el espíritu de lo sagrado pues en lo ritual y en lo sagrado yacía para ella la perenne pregunta abierta.

La serie tomada en la Mixteca y titulada “En el nombre del Padre”– aunque Graciela se refiere a ésta como la serie de las cabritas– surgió tras una conversación en la que Sergio Hernández, el pintor le dijo: “En mi pueblo el río está teñido de rojo y en las calles hay sangre”. Se refería a la sangre que miles de cabritas derramaban en el mes de octubre en una hacienda de la Mixteca. Al llegar al sitio y comenzar a estudiar el entorno para su serie, Graciela notó que los trabajadores vivían en condiciones difíciles; trabajaban en conjunto las familias, matando y desmembrando a las cabras y la paga era poca. Incluso, en algunas ocasiones, recibían menudencias a cambio de su trabajo.

Sin embargo, Graciela no quiso otorgar una lectura de denuncia en su trabajo, quizá porque sabía que al imponer su postura se pondría en riesgo algo fundamental en las fotografías. Se concentró en el ritual de sacrificio que los trabajadores realizaban con cada cabra. En el homenaje y el honor con que cada animal era puesto a fin. “En el nombre del Padre” porque antes de matar a las cabras se persignaban para pedir perdón al animal.

En Chalma a Graciela le interesó retratar cómo Tlalzolteotl “la diosa , la devoradora de inmundicias” fue reemplazada por el Cristo negro y en cómo los pobladores de la comunidad veneraban todavía a sus antiguos dioses, enterrados entonces en los campos de maíz. Cuando Graciela viajó a fotografiar el Jardín Botánico se interesó en las plantas en terapia que vio, pero también por los rituales que los acompañaban y que tenían como miramiento que las plantas se dieran bien, o mejor, que se curaran. Los hombres se introducían una espina en el pene, por ejemplo, y echaban la sangre en la tierra o los jardineros les ponían palos y velos a los cactus. Eran plantas en terapia. Y terapia fue para ella hacer la serie fotográfica del Jardín Botánico como lo fue,
también, tomar El Baño de Frida, contactar a través de sus objetos, con ella.

De niña su padre le regaló una cámara con la que sacó su primera fotografía, un avioncito. Años después, cuando trabajaba como asistente de Álvarez Bravo y salían al campo a fotografiar, permanecían horas en silencio, esperando. A pesar de que estaban en el mismo lugar cada quien buscaba lo que reflejaba su inconsciente. A veces pasaban toda la tarde esperando la toma que jamás ocurría.

“¿Cómo se puede enseñar a ser fotógrafo?”, dice Graciela, “no, eso no se enseña. Se puede enseñar la técnica, pero nadie puede enseñar fotografía; ¿cómo se puede enseñar a ver? Álvarez Bravo le enseñó sobre todo a vivir. Vivir, a través de la poesía, del arte y la artesanía popular, y de la
música”.

Para Graciela ser fotógrafo es ante todo asombrarse ante lo que mira y, después, ante lo que revela. Aunque también existe el asombro del azar. Tiempo antes de tomar la fotografía titulada “El Señor de los Pájaros” Graciela soñó con un hombre rodeado de pájaros que le decía “En mi tierra sembraré pájaros”. Después, en un viaje que hizo a una isla en Nayarit, a la que ella llama “La Isla de los Pájaros”, conoció a señor, no muy viejo, no muy joven y fuerte que se dedicaba a cuidar a los pájaros. En cierto momento Graciela lo descubrió con la mirada perdida en un horizonte lejano, rodeado de pájaros y pronta, disparó. En otra ocasión soñó con un incendio: todos los negativos de sus fotografías se quemaban pero, sorprendentemente, los personajes sobrevivían. Y es que los personajes que Graciela ha retratado sobreviven a su propia imagen. Han cobrado fuerza y vida propia, como en el caso de “La Mujer de las Iguanas”. En un principio, dice ella, esto le generó incertidumbre pero con el paso del tiempo aprendió a respetar el tránsito autónomo de sus
personajes en el mundo.

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PUBLICADO

18 noviembre 2019

 
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