VIAJE DE LUZ, SOMBRAS Y FORMAS

Texto y fotos por Adolfo Vladimir

A los fotógrafos nos cuesta mucho trabajo escribir, tal vez por eso regularmente invitamos a que las letras de otros acompañen nuestro trabajo. Mientras ellos eligen el tono, el ritmo, los recursos retóricos y la narrativa, nosotros nos enfrentamos a la herramienta tecnológica, a la cámara, a elegir el formato, encontrar el lugar adecuado, la circunstancia y el contexto; le hacemos el amor a la luz.

Lo que nos vincula son el propósito, el destinatario, el pensamiento, la memoria, lo que tenemos y queremos decir… las preguntas que queremos hacer, las preguntas que provocamos… la mirada. Eso es esto, un camino compartido en el que van de la mano la imagen y la palabra.

Una foto es una mirada. No sólo una mirada, pero también una mirada. Es, sobre todo, una mirada que se muestra, que dice “esto miro”. Pero también dice “esto miro de esta manera”. Y una forma de mirar es una forma de preguntar. A través de las fotos, es decir, de la mirada, se pregunta, por ejemplo, ¿quiénes son y por qué están ahí?

Dice John Berger: “La gente suele hablar de la frescura de la visión, de la intensidad de ver algo por primera vez, pero la intensidad de ver algo por última vez es, creo yo, superior (…) Lo visual es siempre el resultado de un encuentro irrepetible”.

Hace algunos años, 24 para ser más precisos, caminaba por las calles de cantera, otras más, de cemento y, la mayoría de las veces, sobre la tierra roja de los pueblos y ranchos de Zacatecas en compañía de mis primos Perla, María, Ana, Pedro, mi hermano Misael y mis tíos, Ana Luisa y Pedro. Felices de salir en libertad, inocentes, como de por sí los niños, sin la preocupación de la vida misma, platicábamos y jugábamos, disfrutábamos del calor seco, del correr de las nubes en la inmensidad del azul intenso, de los animales de rancho, de los ríos secos, de portar sombrero.

En nuestros recorridos recreativos cada tanto teníamos que esperar, no a uno de nosotros y su distracción por algo nuevo, sino a mi tío, que se había entretenido por una mirada y una película en blanco y negro, por una foto pues, había encontrado la singularidad del vendedor de tunas cardonas en la avenida Hidalgo, el contraste de campesinos entre la luz y sobra de los edificios coloniales en la plazuela de La Caja, el tiempo preciso en el caminar del burro de aguamiel sobre la calle Aldama, los boleros del jardín Independencia dando el último trapazo a un ranchero zacatecano.

En otros momentos, de camino a Fresnillo, parábamos a la orilla de la carretera cada tanto de kilómetros, algunas veces porque se acercaba el tren, la mirada requería otro momento, había que esperar el paso de la locomotora en contraste con los surcos secos de Morelos; en otras ocasiones, las siluetas en medio de la polvareda de los campesinos recogiendo el frijol; en una más, la nube de miles de pájaros alrededor de los corrales frente a la gigantesca fábrica de cerveza, que dicho sea de paso, se acaba el agua de Zacatecas para exportar coronas a los gringos.

No sé si mi hermano y mis primos se hacían preguntas, pero a mí, el más serio y callado, mirar me generaba muchas, tal vez muchas todavía, que siguen sin responder. Con eso me quedé, con la mirada de mi tío, fotografías que no vi hasta después de mucho tiempo, momentos de la vida, preguntas que me hicieron elegir la fotografía como expresión, como comunicación, como arte, como memoria, como mirada para ver a otros.

Este trabajo es un recorrido de preguntas a la calle, mis preguntas a la cotidianidad de la vida, en diálogo con la imaginación, siluetas y acontecimientos, a veces con más preguntas, pero la mayoría con la rebeldía y sensibilidad de las letras. Un viaje de luz, sombras, formas y palabras, una mirada que encontró su mirada para seguir buscando, para sentir, provocar, compartir y, tal vez, permanecer en el arte.

Microhistorias en blanco y negro que cuentan y muestran a Delia, Ama de casa un poco triste, y la dureza de su rostro que provoca mensajes, como rutina o destino, preguntando por sus sueños. O como la cotidianidad de la conexión de un Beso en la Cineteca, perdidos en las líneas y la escena del amor.

El respiro a las rutinas cotidianas y la belleza no planeada del libro de Daido, y sus encuadres ante los espectadores somnolientos del Metro de la ciudad. Las piernas y sacos, y su crítica a la diferencia de lo igual en la industria de la moda y el arte expresado en una exposición en el MUAC. Invisibles, como una historia de dos personajes en medio de la arena y gaviotas de una playa de Veracruz. La paciencia de una mujer para hacer un Autorretrato y salir del vacío social en el transporte público. La perfección de la sabana blanquecina que protege y exclama libertad en Nubes. La estética de las sombras en una Tarde en las calles de Zacatecas, como siluetas y líneas que buscan la noche, en donde las mejores cosas pasan. El retrato y belleza del Tordo en su ambiente de misterio e ilusión.

Las Sobras de la Revolución frente a un monumento, como muestra de su lejanía con la historia, como ese dogma inconmensurable. Y terminar con el egoísmo, virus moderno que se expande rápidamente y muestra a la Virgen del metro, en su espacio indiferente.

Éstos fueron mis pasos y lo que pude capturar de esos encuentros irrepetibles en las calles de la vida que me rodea y que me provocaron detenerme, mirar y disparar. Preguntas que están en mi memoria, aún sin contestar. Por eso la propuesta del diálogo con las palabras, de hacer permanecer esos momentos, no sólo en el mundo digital y efímero de las redes sociales.

Hace unos meses una amiga me preguntó por qué publicaba fotos que subía a Instagram. “Las fotos de Instagram son para eso, para las redes sociales, momentos efímeros”, entendí que esa era su esencia: las captas, las subes y al paso de unos cuantos likes, o miles de likes, desaparecía entre millones de imágenes que se publicaban cada minuto. Momentos irrepetibles, diluidos en la liquidez de la red, de un mundo actual que se autoconstruye y en el que no se cuestionan las normas que dictan el deber ser del arte, el de las relaciones, e incluso de la forma de mirar, de comunicarnos y pensar.

Tal vez esa sea mi pequeña apuesta, mi propuesta, resistir a la forma en que nos dicen cómo tiene que ser la fotografía, detenerse frente a la inmediatez de la vida moderna, buscar la permanencia de lo cotidiano, de la mirada, la intensidad de lo irrepetible, que quede un rastro, buscar encuentro con otros, al compartir miradas y hacernos preguntas. Regresar a la memoria.

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PUBLICADO

24 mayo 2019

 
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