HABITANTES DE LA DIMENSIÓN DEL SILENCIO

Por Pedro Anza

En la periferia de Hermosillo, cargados de poco más que mil y un historias en sus lomos, si acaso algún pedazo de tela y una bolsa de contenido desconocido, deambulan por ahí de una treintena o cuarentena de almas que, para el ojo poco educado, el oído poco aguzado y el viandante poco abusado, podrían pasar desapercibidas, camufladas entre el incesante vaivén de bípedos por la faz de la tierra. Sin embargo, poniendo un poco de atención —la necesaria, sin tener que tensar los músculos faciales incluso— pueden advertirse unos cuantos que callejean desorientados bajo el sol calcinante del noroeste del país.

Van caminando quizá un poco desesperados, como si algún misterioso centro de gravedad que los mantenía enraizados, centrados, les hubiese sido extirpado de sus entrañas y tuvieran que aclimatarse de nuevo a una intemperie hostil, como si erraran en busca de una tierra prometida, misma desde la cual hubieran iniciado su odisea. Son en su mayoría indigentes, gente con adicción a las drogas; algunos de ellos, un puñado, son migrantes varados, náufragos.

El fotógrafo sonorense Nahatan Navarro, recientemente seleccionado en la Segunda Bienal Nacional de Paisaje y mención honorífica en la pasada 17 Bienal de Fotografía, relata cómo conoció a estos individuos en unas bodegas abandonadas en los linderos de la ciudad. Como sentados en la cima del volcán, apreciando los prados y el cielo azul, intentando parecer relajados y alegres mientras apretamos los dientes y los glúteos intentando evitar que salga la lava, los terrícolas actuales hemos configurado el orden de las cosas de manera poco armónica, mas bien rígida, neurótica.

Nuestras sociedades modernas y sus instituciones políticas y morales, emergiendo desde las cenizas de un entramado de tradiciones y culturas diversas, parecen haber errado el rumbo y parecen abordar la realidad como una justa, una batalla entre el bien y el mal, el día y la noche, en donde nuestra visión, mermada a priori, es poco clara y pareciera que nuestros juicios, superando la velocidad de la luz, no sólo han interpretado sino que ya han dictado sentencia en el momento en que la luz, ya transformada en impulsos nerviosos, llega desde la retina al cerebro para ser proyectada como una imagen dando forma y color al mundo, así llamado, exterior.

En este escenario, en donde los niños no deben de ver a sus mascotas copulando, donde pretendemos que existe el orden pero no el caos, el día pero no la noche, el placer pero no el dolor, la pasividad pero no la agresividad, en este mundo imaginario, universo moralizado, es difícil que uno busque voluntariamente asomarse a los pozos oscuros de su propia psique y de la de su tribu, de su cultura, emprender brioso y con osadía el viaje del héroe que desciende a los inframundos a dar la cara, mirar de frente y derrotar a sus demonios. Pocos fotógrafos eligen descender a esos cráteres que se abren en las ciudades y en el tiempo sin cuerda ni cordón umbilical que los asegure de caer en el olvido y de ser tragados sin más por la oscuridad, la primicia y los trofeos no suelen encontrarse en estos hoyos no fonki.

Otros fotógrafos, muchos —y algunos de gran talla y merecido respeto— deciden retratar las zonas de riesgo, en donde hay oscuridad, pero en las cuales, sin embargo, también hay ruido, los ojos del mundo están encima y del otro lado hay trofeos y monitores. Las bodegas a las que desciende Nahatan Navarro; sin embargo, existen en la dimensión del silencio, por lo que suelen pasar inadvertidas, además de ser a su vez silenciadas en tanto que incómodas. Normalmente, al ver en el horizonte dibujarse la silueta de esas bodegas y verlas avanzar inminentemente hacia nosotros, temblaríamos y vacilaríamos en mirarlas, en asomarnos, vaticinando e imaginado en sus adentros —cual niño aterrado en la oscuridad de su habitación– todo tipo de infiernos y seres malévolos, prostitutas de putrefacta piel, hidras hambrientas, ciempiés, reptiles arrastrándose, malformaciones, jeringas sangrantes regadas en el suelo, ventosas en las paredes, tentáculos que nos jalan hacia nuestro fatal e irremediable destino, pestilencias de toda índole… Decidiríamos entonces cerrar los ojos y correr despavoridos, pero es demasiado tarde; las imágenes de Navarro nos tienden la mano y, antes de que nos demos cuenta, nos encontramos ya asomados al pozo, descendemos sin escalera al precipicio, a las cavidades oscuras de los linderos de una ciudad para muchos de paso.

Hemos ya atravesado ese umbral de espejismos e interpretaciones, se han descorrido las cortinas y nos encontramos de frente con hombres, en su mayoría, que cocinan, ríen, se arremolinan alrededor de las fogatas para contar sus historias, beben, fuman, se dan la mano unos a otros, venden droga, compran droga, leen libros, han pecado, lastimado, abrazado, llorado, todo el lugar tiene una coherencia y una armonía propia, los hombres parecen haberse convertido en parte de la bodega. Más allá del espacio físico que ocupan, las bodegas asoman desde el hiperespacio. Como lugares físicos, como fenómenos con ubicación de espacio temporal, las bodegas son sólo la parte más superficial del escenario, las coordenadas son sólo una excusa, el lugar donde parias, vagabundos, espíritus errantes, expatriados, encontraron el águila devorando a la serpiente y erigieron un templo.

La luz entra por pequeñas rendijas de ventilación desde los altos techos, casi tan lejanos como la bóveda celeste y describe su trayectoria al caer en los suelos de la bodega. Y ellos, los moradores del ocaso, los hijos de las bodegas, emulando las prácticas de los abuelos de su tierra, han aprendido a medir el tiempo a través del desplazamiento de la luz utilizando un gis de tiza. Nahatan nos cuenta de su obsesión por el cielo: “Parece otro tiempo, parecen personas en pirámides estudiando el cielo, hacían los dibujos y medían el tiempo conforme al paso de la luz”.

Movido por una inquietud antropológica, más aún, inflamado su ánimo por una sed existencial, con mirada de arqueólogo, Navarro utiliza su cámara como un cepillo que va desempolvando las rocas y los vestigios de una civilización errante —“aparecían pinturas rupestres, te das cuenta que la necesidad de expresión es algo primaria, es algo que siempre ha estado ahí y se manifiesta de una forma u otra, a veces veías cosas más chidas que en los museos”— y ante nuestros ojos vemos desfilar utensilios de todo tipo, en las paredes, con tiza, han trazado algunas figuras indescifrables, hay una pirámide dibujada que ve de frente otra pirámide formada por la luz, en las paredes hay rostros y más rostros, algunos con tez de mono, otros de ojos grandes rayanos en lo extraterrestre y hasta Lao Tse, el sabio chino, aparece cabalgando un toro en las paredes del lugar.

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PUBLICADO

28 septiembre 2018

 
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